
a) A menos que se presenten variables sin despeje, la ecuación ha vuelto a funcionar de la misma manera. Si tuviera que ubicar en un calendario esos recuadros vacíos entraría en crisis. El lunes no es de ninguna manera el pronóstico dramático de una semana enajenada ¿Nos sentimos menos perdidos si establecemos límites de siete en siete? Yo cada semana soy el mismo mierda sin importar que haya puente, vacaciones o peiperviu. Ahora entiendo que una rutina se construye de acuerdo al tiempo que un cuerpo requiere para funcionar sin sobresaltos. Es como aplanarse el culo bajo cronómetro laboral: ocho horas son ocho horas y a los que pagan pocas veces les importa como las desperdicies, contrario a los que muchos piensan, para un oficinista la principal herramienta de trabajo resulta ser su cuerpo, ese amasijo de sudor, carne y paciencia al que el sedentarismo ha vuelto una inversión. Una vez humedecidos por el confortable lengüetazo de la costumbre hacemos lo imposible por asirnos con uñas y dientes a su superficie áspera. La benevolencia del orden seduce incluso a aquel que se ufana de espontáneo y locuaz. Todo hombre resignado es religioso por sistema. Desafortunadamente la eternidad pertenece sólo a las piedras. Cada vacío es resultado de un movimiento. Ese hueco incomoda porque significa la ausencia de materia, un agujero negro que ha engullido un diminuto asteroide sin nombre o toda una galaxia, es igual. Una rutina es valiosa por su propio ritmo y no por las acciones que recree. Para soportar la tremenda presión de reajustar los tiempos hay dos caminos: sustituir pronto las carencias o destrozar las rutinas de otros. En la práctica uno termina por combinar las recetas. Durante mucho tiempo relacioné las noches de lunes con una función de box. Sentados frente al televisor cada lunes, mi abuelo y yo acordamos que la semana terminaba con el combate estelar de la semana. Vimos cientos de peleas, buenas, malas, arregladas y de relleno. Párpados volcánicos, regresos épicos y sobretodo aprendí la única definición de equidad que vale la pena recordar: entre las doce cuerdas toda la humanidad vale lo mismo. Un día mi abuelo se murió y dejaron de televisar el box. De vez en cuando y previo pago ofrecían peleas de campeonato con celebridades en las gradas y púgiles flamantes. Había perdido todo con aquellos muchachos sin nombre, flacos y morenos, repartiendo golpes en nombre de la igualdad. Ahora que he vuelto a sincronizar los lunes ya no me gusta el box. Asalto tras asalto no hay quien exprima una esponja sobre mi cráneo aunque cuente con el minuto reglamentario al que todo saco de arena tiene derecho. Frente a mí no bailotea Monzón ni sonríe Robinson, tampoco queda el consuelo de perder contra la historia. Otro saco torpe e inanimado finge uppers y espera doce campanadas para vomitar las uvas. Todos sabemos que la lona es el mejor sitio para vivir y procrear, cuidar un jardín y aprender a clasificar las nubes, pero por cada caída el vacío se anuda una pajarita y nos da del uno al diez para reincorporarnos. Ahora cada lunes me reúno con algunos amigos que se quejan de sus vicios cuando no hay forma de seguir alimentándolos. Ni siquiera llegamos de pie al segundo asalto. Nos estamos volviendo viejos sin saber que en nuestra esquina nadie va a tirar la toalla. Detener la paliza no es una opción.
