
He decepcionado a muchos en muchas ocasiones y de maneras muy distintas. Me sucede todo el tiempo. Pidiéndolo o no, la gente pone sus canicas en mí esperando un resultado favorable que siempre es muy ambiguo. Igual no es algo que les beneficie concretamente, pero la imagen que uno proyecta a los demás suele necesitar de un sustento que muy pocas veces se alcanza.
Solo es cuestión de crear un vínculo, el que sea, para que una parte de ti ya le pertenezca a otro y a sus expectativas vagas. La gente siempre espera cosas de la gente, y el estar conciente de esta situación no aligera la carga ni mucho menos.
Lo que otros esperan nunca está empatado con las secuelas reales y suele emparentarse más bien con lo cáustico. Mis acciones casi siempre son corrosivas para los anhelos ajenos.
Contundente. ¿Eres lo que esperaban de ti tus padres? ¿Has cumplido con las expectativas que se crearon cuando apareciste en un ultrasonido? Porque no es que nazcas y a ver que carajos sucede; los padres fantasean con futuros imaginarios para sus hijos que casi siempre son como un epitafio por adelantado. El simple hecho de buscar un nombre ya te predispone a cumplir cometidos impuestos. Roberto como su tío. María Elena en honor a su abuelita. La vara comparativa se alza desde el instante en que alguien te imagina.
¿Cuantos incautos nacen sin saber que están predestinados a ser abogados por coerción tradicional, tal como el padre, el abuelo y el bisabuelo? ¿Cuantos de estos últimos no habrán de descorazonar al patriarcado cuando resulte que prefirieron estudiar artes plásticas, fumen mota y salgan del clóset?
Mi madre esperaba una niña y sin pedirlo salí yo. Tomaba clases de corte y tenía un montón de vestiditos a la española que tuvo que regalar a sus amigas fertilizadas. Mi nacimiento fue tan ridículo que cuando ella estaba en el hospital en trabajos de parto, mi padre le prometió un auto convertible del año si daba a luz a una niña de ojos azules.
En serio.
Desde ese momento y sin poder hacer nada al respecto, fue totalmente imposible cubrir la cuota que se me impuso. La primera decepción que le dí a mi padre no fue que me expulsaran de varios colegios, ni que consumiera drogas o que no estudiara para ingeniero y me caguen las turbinas, las fábricas y la mecánica en general. Lo primero que hice mal, mi pecado original, -por ponerle un título mamón-, fue no haber nacido siendo una niñita escandinava de escasa pero blonda cabellera y ojos como de zafiro. Por supuesto la culpa no fue de mi padre que es más mexicano que la tortilla; sino de mi madre y su herencia andaluza mestiza; y claro, mía, por no haber desafiado las leyes de la genética al momento de venir al mundo.
Una noche ansiosa hace no tanto, mientras escuchaba un disco viejo de Paulinho Da Viola y leía algunos relatos de Richard Ford en la tranquilidad de mi habitación, comencé a hurgar mis cajones sin buscar nada en especial. Entre mil pendejadas de las cuales aún no se porque no me he deshecho, encontré un cuaderno de dedicatorias que esta adornado con una fotografía de Manolete pegándole un natural a un berrendo en la cubierta. Mientras husmeaba en su contenido y me afligía profundamente por los errores ortográficos de mis compañeros de preparatoria; caí en cuenta de todas las expectativas que he derrumbado y también, de la facilidad que tienes para escribir vituperios disfrazados de estimulantes cuando tienes 17 años. "Tienes una capasidad enorme, aprovechala y ojalá que triunfes. Tienes la capasidad para ser alguien, no lo desperdisies"
Igual yo también estoy de la chingada y mi expectativa de que la persona que escribió esas líneas por escribir cualquier cosa hubiera aprendido al fin que capacidad se escribe con C, tampoco se cumplió. Tal vez siga creyendo que lo capaz va con S y radica en cuanto dinero tienes o en si conoces a los que salen en la tele o apareces en ella. Yo también, sin reflexionarlo a cada momento, espero cosas de la gente.
Mi ex novia de esas épocas se embarazó de un mequetrefe en cuanto terminamos y a mi parecer, su vida es una porquería. Quizá así sea, si ella está de acuerdo conmigo; pero si en su mundo y su sendero la realización la ha obtenido criando a sus hijas y viviendo con su marido; entonces soy un imbécil igual que los que se preguntan por qué trabajo en una estación de radio que nadie escucha y no soy locutor de Alfa.
He decepcionado a tantas personas que ni siquiera podría llevar una cuenta aproximada.
La mejor parte es que a pesar de todo esto, conforme avanza el tiempo me doy cuenta de que estoy haciendo lo correcto con mi vida. Utilizar el término correcto implica también conocer en que radica lo incorrecto, pero a decir verdad no tengo ni puta idea. Lo que si se es que aunque más adelante todo se venga abajo, no voy a poder utilizar la sencilla excusa de culpar a los demás porque todo lo he decidido yo.
Con permiso, ahora voy a vomitar.
Literalmente.

